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Pasaron 15 años desde que Uspallata tuvo la oportunidad de transformar su historia con el Proyecto San Jorge, y de volver a ser aquella Uspallata minera que abasteció con sus minerales al Ejército Libertador del General San Martín. Sin embargo, se eligió cerrar esa puerta. ¿Y qué pasó desde entonces? ¿Quién se hizo cargo del futuro que no fue?

Nos dijeron que había otros caminos. Que no hacía falta la minería. Que con el turismo y el comercio bastaba. ¿Y qué quedó de todo eso?

Ambas actividades son valiosas y necesarias. Pero no alcanzan. No generaron el empleo que la villa necesita, ni en cantidad ni en calidad. En muchos casos, se trata de trabajo informal, mal remunerado y sujeto a la estacionalidad.

Para los jóvenes que en 2010 eran adolescentes y hoy rondan los 30 años, ¿cuántas oportunidades reales aparecieron? ¿Cuántos pudieron quedarse y construir una vida digna en su lugar de origen? ¿Cuántos tuvieron que migrar forzosamente en busca de trabajo?

Se repite que Uspallata puede vivir sin minería. ¿Cuántos emprendimientos turísticos nuevos nacieron en estos 15 años? ¿Y cuántos puestos de trabajo reales generaron? ¿Cuántos comercios crecieron lo suficiente como para absorber la demanda laboral local?

La verdad es que muchos uspallatinos viven de changas, de empleos temporarios o del Estado, gracias al Ejército, Gendarmería, el hospital, la escuela. Y eso no alcanza para construir un futuro.

Hoy vivimos una paradoja: el cierre del paso internacional a Chile —una catástrofe para la economía provincial— es visto como una “bendición” por algunos, porque deja turistas y camioneros varados a quienes venderles viandas y provisiones. Ese es el nivel de fragilidad económica al que se condenó a Uspallata.

El Proyecto PSJ Cobre Mendocino no es el mismo de hace 15 años. Fue reformulado, cumple con toda la normativa vigente —incluida la ley 7722— y estará sometido al control técnico, social y estatal. No es minería a cualquier costo. Es minería responsable, bien hecha, con beneficios concretos para la comunidad.

Decir que no es fácil. Lo difícil es construir, es asumir compromisos, es apostar al desarrollo.

Y hoy, otra vez, algunos vienen a decir que no. Llegan desde afuera, con slogans y discursos armados. Hablan desde el confort, desde el dogma, con su vida y sustento económicos resueltos, sin conocer la realidad de quienes no tienen trabajo en Uspallata. Algunos, incluso lucrando políticamente con esto.

Otros se han instalado en esta tierra y, por supuesto, tienen derecho a opinar. Pero no pueden imponerle a quienes sostienen esta villa desde hace generaciones una vida sin oportunidades. Deben entender que muchos necesitan lo que ellos ya tienen: la posibilidad de vivir con dignidad.

Y quiero decirlo claro: muchos de los que se oponen lo hacen usando información sesgada, recortada, acomodada para justificar su rechazo. En el camino, desacreditan el conocimiento técnico construido por organismos del Estado, con profesionales formados y con años de trabajo serio.

No puede valer lo mismo un panfleto de redes que el dictamen de 17 organismos técnicos y un consejo provincial con 12 organidmod que evaluaron el proyecto. Eso no es debate. Eso es desinformar.

Hace años que se profetizan catástrofes ambientales que nunca ocurrieron, o se demonizan proyectos a partir de incidentes que no tienen nada que ver, ni técnica ni territorialmente. No se puede seguir construyendo política ambiental sobre el miedo y la desinformación.

Algunos ponen al ambiente en un pedestal sagrado, olvidándose de mirar la dimensión humana. Como si proteger la naturaleza significara dejar de lado a las personas que viven en ella, que trabajan, que necesitan oportunidades para salir adelante.

Esta audiencia no puede ser otro festival del miedo como en 2010. Ya vimos lo que pasa cuando el miedo gana: se paraliza el desarrollo, pero no se resuelven los problemas.

Es hora de dejar de castigar a los que quieren trabajar. De mirar a los jóvenes de Uspallata a los ojos y decirles que sí, que pueden tener un futuro acá. Que no tienen que irse a Mendoza, a Buenos Aires, a Chile o al sur. Que pueden estudiar, formarse, crecer y prosperar en su tierra.

Porque no hay desarrollo sin producción. No hay inclusión sin empleo. Y no hay futuro si seguimos cerrando las puertas cada vez que alguien propone hacer.

Por eso hoy vengo a decir que sí. Que sí al debate informado. Que sí al cuidado ambiental. Que sí al control. Pero también que sí al desarrollo, al empleo y a la minería bien hecha.

Porque Uspallata merece una oportunidad.

Y porque ya es tiempo de construir, en vez de seguir postergando.